Miércoles a Viernes de Semana Santa hicimos una incursión a un pueblo situado bien al este de las Lagunas Encadenadas de Buenos Aires, Carhué, con el objetivo de visitar un pueblo “fantasma” llamado Villa Epecuén. Situados ambos pueblos alrededor del Lago Epecuén, Villa Epecuén era un sitio turístico con gran número de visitas anuales que concurrían a los balnearios a modo de aprovechar las “propiedades curativas” del agua del lago. El mismo contiene un gran contenido salino (cloruros y sulfatos) que se dice tienen resultados en curar enfermedades tales como la artritis, el reuma y la psoriasis.
Resulta que en el año 1985, la fortificación que defendía al pueblo del avance del lago cedió y, de la noche a la mañana, el pueblo se encontraba bajo casi un metro de agua. Al año, el avance del mismo llegó a los 4 metros de altura, llegando a su máximo de 9-10 metros en el año 1993. Como mencioné antes, el agua contenía altas concentraciones salinas (alrededor de 10 a 1 comparandola con el agua del mar), que, así como beneficiaba la salud de las personas que acudían, consumía todo metal que encontraba a su paso, corroyendo y destruyendo.
De éste modo, conociendo un poco de la historia del lugar, emprendimos el camino de 12 km desde nuestra habitación en Carhué hasta la entrada a las ruinas de Epecuén. Luego de dos horas de caminata, llegamos al Museo de Epecuén, situado en la entrada al pueblo en la ex estación de trenes Lago Epecuén. Al vernos ir a pie, un hombre nos ofreció alcanzarnos los 3 km que restaban desde la entrada al pueblo mismo. El señor nos contó que estaban en vías de recuperación de sus terrenos, reclamando lo que les pertenecía por derecho. Así, a medida que íbamos entrando al pueblo nos señalaba lo que, formalmente, era cada uno de los edificios derrumbados. Por más historia que nos contaba, nuestras emociones/expresiones eran de emoción, tristeza, impotencia y ganas de emprender ya mismo la recorrida.
En éste momento, creo que las imágenes pueden contar mucho más que las palabras. Sólo quiero hacer mención que recorrimos colegios, hoteles, un jardín de infantes, innumerables viviendas, negocios, un spa hidrotérmico y hasta una central eléctrica.
En el siguiente lugar tuve un pequeño percance. Dado que el agua estaba demasiado cerca, intenté cruzar a las ruinas del spa para seguir recorriendo, por el lado que parecía seco. Se me hundieron los pies en el ¿fango? alrededor de 20 cm. Por dicha razón decidí no continuar por ese sendero.
Casi todo el piso se encontraba cubierto de sal, pero en determinadas regiones se veían cristales en forma de cruz a lo largo del suelo.
Mucho tiempo recorrimos el pueblo y nos faltaron varios lugares por recorrer, pero era todo ruinas. Nos faltaban aún recorrer dos íconos del lugar: el Cementerio y el Matadero (obra del Arq. Salamone). Del Cementerio desconocíamos su paradero, pero el Matadero se encontraba a 2 km para el lado de Carhué, por un camino interno “asfaltado”. Antes de la puesta de sol, nos dirigimos hacia allí. El camino se encontraba rodeado de árboles sin hojas, pintados de blanco hasta una altura de un metro. Siguiendo el mismo nos encontramos con un árbol que tapaba el camino para los autos, pero no para los peatones, pero decidimos “por las dudas” seguir el camino marcado hasta cierto punto. A mitad del mismo decidimos meternos por adentro del campo y llegamos a una plaza de juegos. Lo raro de la misma no sólo es que estuviera casi a 2 km del pueblo, si no que estaba a tan sólo 200 m del Matadero (¿los obreros salían a hamacarse?). De todos modos, la plaza, si hubieramos llegado un rato más tarde, tendría todo el aspecto de sacada de una película de terror.
Seguimos nuestro camino al tan mencionado Matadero, el cual es la locación de la producción del Indio Solari para su nuevo album “El Perfume de la Tempestad”.
El sol se estaba poniendo y la idea era llegar al punto panorámico del pueblo antes del ocaso. Retomamos camino (otros 2 km) hacia Epecuén por el mismo sendero de árboles sin hojas, el cual habríamos de tomar en el retorno a Carhué.
Ya desde el punto panorámico, al cual no llegamos a tiempo, tomamos unas fotos e hicimos un nuevo amigo: el perro al que llamamos cariñosamente “Henry”. Estaba flacucho pero en buen estado, por lo que le dimos unas sobras de fiambre que nos quedaron del almuerzo y un par de pepas de membrillo.
El hombre del auto nos había mencionado, en su momento, que el camino que llevaba al Matadero también desembocaba en Carhué y que eran como 3 o 4 km menos que el camino que hicimos nosotros, por lo que decidimos ir por ese camino. El problema era que ya era tarde, estaban ocultándose las últimas luces del ocaso y el camino no tenía una sóla luz. “Henry” nos acompañó y en un momento, antes de agarrar la calle que nos llevaba al Matadero, se nos unió una perra, “Marta”. Lago a la derecha, frío y viento que acosaban constantemente, ruido de oleajes y una oscuridad que arreciaba, seguimos camino. Por fortuna, contaba con una linterna en el celular, la cual nos sirvió de guía en la oscuridad eterna en la cual nos consumimos enseguida. La noche se estrelló de una forma magnífica y daba gusto mirar hacia el cielo “iluminado”.
Seguimos caminando incesantemente, haciendo alguna que otra parada mínima requerida por los músculos de las piernas que pedían clemencia, hasta que el camino hizo una curva. Si no teníamos luz, seguramente, ibamos a terminar en el medio del lago. En ese momento, empezamos a caminar teniendo lago a sendos lados del camino. El frío se hizo mayor pero no así el viento, por suerte. Los perros seguían acompañandonos, Henry siempre en la retaguardia o a los lados (yendo eventualmente a molestar a los patos del lago) y Marta en la vanguardia, yendo y viniendo, como haciendo guardias. De un momento a otro, empezamos a vislumbrar luces y movimientos en la lejanía. Segundo a segundo nos íbamos acercando a “tierra firme” y a nuestro destino de descanso. Por más que quisieramos, no podíamos perder demasiado tiempo ya que a las pocas horas teníamos el micro para volver, así que teníamos que seguir camino. Marta en un momento desapareció, por lo que no supimos más de ella, pero Henry nos acompañó hasta la puerta de la posada. Nos daba pena abandonarlo ahí, ya que su presencia nos había moralizado para seguir adelante, y más que nada porque se veía con miedo y descolocado de estar en un lugar desconocido. Le dimos el resto de comida que teníamos y tuvimos que entrar. De éste modo finaliza nuestra incursión a la ex Villa Turística Epecuén.
Por ahí no se habrán dado cuenta, por ahí sí. No volví a mencionar el Cementerio. La razón de ésto es que tras las vueltas que dimos en Epecuén, no lo encontramos. Preguntamos a varios turistas y nadie sabía donde quedaba. Pregunté por sms y twitter y tampoco me supieron contar del todo bien. Resulta que, al consultarle a gente del lugar, nos enteramos que el mismo estaba a unas pocas cuadras de donde nos estabamos alojando, en Carhué. Sí, el cementerio de Epecuén está en Carhué. Nos quedará como pendiente en alguna futura visita al lugar.
Gracias a Ana, por algunas de sus fotos que fueron “amablemente prestadas” para el post.











